| 9ª Etapa (24/03/2010) |
| Escrito por Antonio Henares |
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9ª ETAPA ADIGRAT - WUKRO 78KM Llegamos a la misión, tocamos el cielo. Tal como teníamos previsto hemos realizado la etapa neutralizada de Gondar a Adigrat, pasando por el monasterio de Debre Damo, un monasterio en el alto de una montaña, al que se accede andando por la colina hasta llegar a una pared que tenemos que subir escalando por una cuerda de cuero, y otra atada a la cintura de la que nos tiran desde arriba, vamos que si tenemos que subir nosotros solos, no realizamos ni la mitad del recorrido; el problema es para bajar haciendo rapel, mirando para abajo y viendo la caída que tenemos a debajo de nosotros, la verdad es que la visita vale la pena, subir a una montaña donde todo está como hace 500 años, el agua recogida en aljibes escavado en la roca calcárea, las casas de piedra sin luz, los monjes con libros centenarios y en plan eremita, te parece estar en otro mundo. Pero vayamos al mundo real, al mundo de la bicicleta camino de la misión en busca de sacos de sonrisas de niños; comienza nuestro rodar con mucho ánimo, se nota en el grupo que lo más importante del viaje ya está al caer, la salida de Adigrat es en continua subida estamos a 2100 metros y no dejamos de ascender el puerto de 20 km hasta llegar a los 2750 metros de altitud, realmente la gente ni lo nota, vamos a un ritmo constante, siempre intentando cuidar a los más tocados, Sunsi es de las que más va sufriendo con la tendinitis, hoy cualquier sufrimiento vale la pena para estar con el grupo a la llegada. Estamos muy cerca de la frontera de Eritrea y eso se nota en la cantidad de militares y cuarteles que hay en la zona, hay que ver que cuarteles y que uniformidad lleva el ejercito, a nuestra izquierda se encuentra el desierto de Danakil, de ahí vienen las caravanas de camellos con piedras de sal, para vender en los mercados de esta zona; hemos parado a tomar agua y plátanos junto a la salida de un colegio, esos momentos que merecen la pena, como los niños quieren estar a nuestro lado, tocarnos, ver la bicicletas que probablemente ellos nunca logren tener, y sobre todo estar en una foto junto a nosotros para luego verse en la pantalla de la cámara. La carretera asfaltada pasa a ser un camino de tierra impracticable, al paso de los camiones la nube de polvo que levantan no nos dejan ni respirar, hay momentos que no vemos ni al compañero que llevamos adelante, pero las ganas de llegar nos hacen que no paremos de pedalear, el objetivo está cerca, no notamos ni la lluvia que comienza a caer como cada tarde, tan solo nos fijamos en la cordillera que tenemos al fondo iluminada por el sol, nos da la sensación que cuando pasemos la siguiente colina vamos a divisar el valle del paraíso.
Al final divisamos el valle, pero nada más lejos de cualquier apariencia con el paraíso, las nubes han desaparecido, y el valle es puro desierto, lleno de cactus, y todo agreste, el sol quema todo a su paso, y tan solo vemos dromedarios y algunas cabras sin pasto que comer; al fondo divisamos al grupo de ciclistas de Wukro que nos están esperando para todos juntos hacer la entrada a la población, desfilamos por las calles juntos e incluso intercambiamos la bicicletas con ellos, que ilusión sienten al pedalear junto a nosotros, no saben que nosotros sentimos mucha más ilusión que ellos; y por fin la misión Saint Mary, es un gran recinto donde cientos de niños nos esperan, todos quieren subirse con nosotros en la bicicletas, ponerse nuestras gafas, nuestros cascos, tocarnos, darnos la mano, este es el momento en que todos nosotros nos emocionamos, el momento en que nos sentimos pequeños, en el que valoramos lo mucho que tenemos, y con que poco se puede ser muy feliz. Deciros que el niño que Alfonso portaba en su bicicleta le dijo que si quería ser su padre, todos ellos son huérfanos, y lo único que te piden es un poco de calor.
Por fin aparece Ángel Olarán, Ava amaku como aquí le llaman, compartimos una larga y provechosa tertulia con él en el centro de la explanada de la misión, hay mucho que aprender de un misionero que lleva 40 años en África dando su vida por los demás. Tras tomar una ducha de agua fría, y cambiarnos de ropa, pasamos a cenar unas espinacas del huerto y unas patatas cocidas, con agua filtrada, la conversación de la cena con un misionero es algo que enriquece, es otro punto de vista de la vida, una vida dedicada exclusivamente a los más necesitados, y dar todo a cambio de una y sonrisa. Después de cenar a las 7,30 horas ya de noche en Wukro, salimos a visitar casas de niños huérfanos, y de personas mayores para darles sus medicamentos, es espeluznante como pueden vivir en una habitación de 15metros cuadrados, 5 niños donde la hermana mayor de 12 años hace de madre, junto a las paredes, tres catres donde duermen, en el centro un infernillo con carbón donde cocinan y en una esquina toda la ropa amontonada, nos invitan a cenar a compartir lo poco que poseen, y no dejan de sonreírnos; visitamos a un niño que vive solo en un cuarto de 2 x 3 metros, un jergón, una caja de cartón donde estudia, apoya su vaso con el cepillo de dientes, y sus cubiertos, afuera su infernillo y una letrina comunitaria, pero él se siente orgulloso de enseñarnos su casa. Son momentos los de nuestro regreso a la misión, bajo una enorme luna y un cielo estrellado, que nos hacen recapacitar, que nos incitan a caminar encerrados en nosotros mismos y sin hablar, como puede quedar lugares en el mundo donde la gente sobreviva entre miseria, y para colmo nos brinden una sonrisa. Marcho a dormir y esperar con ganas que llegue mañana para compartir todo un día en la misión y comprobar que toda la ayuda que aportamos llega a buen puerto. Mil abrazos Antonio Henares
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